jueves, 11 de junio de 2015


Gobernabilidad Democrática se entiende como la capacidad de una sociedad de definir y establecer políticas y resolver sus conflictos de manera pacífica dentro de un orden jurídico vigente. Esta es una condición necesaria de un Estado de Derecho junto con la independencia de los poderes y un sistema legal que garantice el goce de las libertades y derechos –civiles, sociales, políticos y culturales– de las personas. Para ello se requiere de instituciones basadas en los principios de equidad, libertad, participación en la toma de decisiones, rendición de cuentas y, promoviendo la inclusión de los sectores más vulnerables.
 Hay diferentes áreas de trabajo temáticas –Gobernabilidad Local, Descentralización y Reforma Institucional y Reformas del Sector de Justicia y Seguridad–  trabajan en la gestión de conocimiento promoviendo la participación con inclusión (en especial de mujeres, jóvenes, personas con discapacidades, personas de ascendencia africana y grupos indígenas) y el fortalecimiento de las instituciones de los gobiernos para asegurar mejores condiciones para el desarrollo humano para nuestros países en América Latina y el Caribe.



1. Ciudadanía, autonomía y juicio político

Existe lo que creo es uno de los primeros documentos que argumentan en favor de la justificación de la participación democrática en la historia de la teoría política. Se trata de un texto del sofista Protágoras1 en el que sostiene, contra la opinión de Sócrates, que todos los ciudadanos deben participar en el gobierno de la ciudad, puesto que todos ellos poseen igual competencia política e igual capacidad de juicio para los asuntos políticos. En efecto, el sentido moral y el sentido de la justicia son compartidos por todos los ciudadanos, y esto les permite participar, deliberar, discutir y decidir sobre lo público. Debido a que todos poseemos lo que provisionalmente llamaremos capacidad de juicio político (la combinación de sentido moral y justicia), todos podemos y debemos participar. Es la capacidad de juicio la que nos iguala. Es la posesión de esa capacidad la que justifica un sistema político democrático.
Es curioso que la teoría política haya dedicado, comparativamente hablando, poca atención a este tema y a esa justificación. Y todavía resulta más curioso que la idea sofista, convenientemente invertida, haya servido como argumento para procurar la exclusión y el cierre de la esfera pública.
En efecto, cuando, no hace tanto tiempo, se excluía a los trabajadores del derecho al voto o cuando se negaba el sufragio a la mujer o cuando se relegaba a la condición de paria político a una minoría racial (o a una mayoría racial), la razón para hacerlo siempre era la misma: esos grupos sociales carecían de capacidad de juicio político. De hecho, hoy seguimos utilizando esta argumentación para justificar exclusiones que consideramos razonables: los niños o los locos. ¿Por qué excluimos a niños y a locos? Porque suponemos que su incapacidad para el autogobierno les excluye del gobierno común. Y este fue casi siempre el caso de las exclusiones antedichas: a las mujeres, por ejemplo, se les negaba autonomía individual tanto o más que capacidad de participación política; si los trabajadores no poseían otra propiedad que su fuerza de trabajo, esa era razón suficiente para demostrar su falta de autonomía en la esfera económica, que tenía como consecuencia la exclusión de la esfera política, etc.

2. La perspectiva antiparticipativa liberal-conservadora

Este tema resulta complicado. Incluso entre liberales partidarios fuertes de la autonomía individual, se ha dudado de que la igualdad de juicio político existiese realmente y de que, caso de existir, su uso generalizado fuera conveniente. Así, Jeremy Bentham consideraba que cada uno es el mejor juez de sus propios intereses, pero eso no fue óbice para que recomendara formas de sufragio fuertemente restringidas. John Stuart Mill, por su lado, afirmaba que era preferible equivocarse por uno mismo que acertar siguiendo los dictados ajenos, pero al tiempo consideraba más conveniente una forma de sufragio cualificado que el sufragio universal. Contemporáneamente, Joseph Schumpeter o Giovanni Sartori creen que, debido a la complejidad de los asuntos políticos y al tipo de conocimiento especializado que requieren, un cierto grado de apatía entre los ciudadanos debe ser bienvenido en cualquier democracia representativa e, igualmente, que las decisiones políticas básicas y cruciales deben ser dejadas en manos de nuestros representantes .
La idea de implicación política siempre ha levantado sospechas entre los conservadores, que creían -y creen- que la participación intensiva de la ciudadanía divide profundamente a la sociedad en demandas, ambiciones y necesidades excluyentes. El faccionalismo y el conflicto son sus corolarios. Por lo demás, las masas de ciudadanos serían, en ese supuesto, manipuladas fácilmente por demagogos, como, por ejemplo, ocurrió en los años de la república de Weimar. Y, en este caso, los índices de participación señalarían, no a la fortaleza, sino, precisamente, a la debilidad del régimen democrático. La alta participación sería, pues, señal de insatisfacción o de deslegitimación del sistema e impactaría negativamente en la gobernabilidad.
Todo ello, según esta perspectiva, aconsejaría como más razonable para lograr gobernabilidad el uso de herramientas tales como la representación, los políticos profesionales, los expertos. El sistema representativo proveería de salidas a estas dificultades mediante la interposición de unas elites encargadas de agregar y articular intereses y demandas. Después de todo, lo importante para el liberal, en este caso, sería garantizar el ejercicio de la libertad individual, no la participación o el juicio político ciudadano.
Así, para la tradición liberal-conservadora se trataría de dar cabida al individualismo moderno, comprendiendo la democracia no como una forma de vida participativa, sino como un conjunto de instituciones y mecanismos que garantizaran a cada individuo la posibilidad de realizar sus intereses sin interferencia o con el mínimo de interferencia posible. Cada uno, movido por el autointerés, tratará de promocionar sus deseos, conectarlos con los de otros y hacerlos presentes, mediante agregación, en el proceso de toma de decisiones. Y, así por ejemplo, los partidos políticos serían maquinarias, no de participación, sino de articulación y agregación de intereses. El bien público consistiría en el total (o el máximo) de los intereses individuales seleccionados y agregados de acuerdo con algún principio legítimo justificable (por ejemplo, el principio de mayoría).
El tipo de ciudadano que se promueve desde esta visión está alejado del ideal participativo. Se supone, además, que el ciudadano liberal descrito es una construcción más realista. Básicamente porque: 1) parece más fácil comprender los propios intereses que el bien común, 2) los incentivos para participar se hallan más ligados al egoísmo de promocionar el propio interés que al logro del interés general, y 3) la promoción del propio interés asegura el incentivo para los mínimos de participación requeridos en una democracia3 . Esto conduce a la creación de una categoría de ciudadano en términos ligados a los intereses de los individuos. Como consecuencia, la actividad política y la participación pública se desincentivan al tiempo que se profesionalizan. Y esto es así, según la visión liberal, porque lo que resulta importante para la autorrealización no tiene conexión con la participación política, sino con el autodesarrollo en la esfera privada o profesional y con el control de los mecanismos de agregación de intereses. Ese control estaría ligado a la existencia de elecciones en las que los individuos, armados con el conocimiento de sus propios intereses e informados suficientemente respecto de las alternativas, eligen entre productos políticos en competición y los sujetan a su control en la elección subsiguiente. Esta comprensión de la ciudadanía no exige su participación, sino que recomienda un prudente equilibrio entre participación y apatía como una fórmula al tiempo “barata” y eficiente de gestión de la complejidad.
Carlos Marx ya advirtió que este cambio de acento, centrado ahora en los intereses, los derechos y las libertades individuales, acabaría concretándose bajo el capitalismo en la defensa de los derechos de propiedad, olvidando todo lo demás. Y hay que confesar que lo que Margaret Thatcher o Ronald Reagan dijeron después se parece bastante al reproche marxiano: la nueva derecha enfatiza los derechos de propiedad y seguridad a expensas de la participación y la libertad política. Desde este punto de vista, de lo que se trata es de conseguir un gobierno eficiente y justo, y tal objetivo será mejor servido por un pequeño grupo de políticos, burócratas y representantes, con el mínimo de interferencias, que por el uso generalizado de las habilidades de juicio ciudadano a través de la participación.
La teoría elitista de la democracia ha tratado de fundamentar empíricamente el punto de vista liberal- conservador. Sus hallazgos han sido, en cierto sentido, demoledores para el ideal participativo: los ciudadanos son profundamente apáticos, ignoran los temas políticos de debate más importantes, no desean participar, no poseen el necesario conocimiento de los asuntos políticos, prefieren centrar su autodesarrollo personal en la esfera privada o en la esfera profesional, resienten negativamente el «imperialismo» del rol político, etc. Dicho de otro modo: los ciudadanos de nuestras democracias no poseen juicio político ni aspiran a desarrollarlo y, para procurar gobernabilidad, estabilidad y democracia, de lo que se trata es de: 1) difundir el valor de la tolerancia política entre los ciudadanos y la responsabilidad entre las elites, y 2) establecer marcos institucionales que garanticen ciertas reglas del juego. Pero en ningún caso resultaría conveniente impulsar o incentivar excesivamente la participación directa de los ciudadanos en los asuntos políticos. De hecho, el establecimiento institucional de canales de participación, que raramente son utilizados por la ciudadanía, refuerza este prejuicio liberal: el equilibrio entre participación moderada y apatía, unido a reglas de tolerancia y protección de derechos, produce gobernabilidad; la incentivación de la participación extensiva produce inestabilidad, intolerancia, sobrecarga del sistema, etc.
Y esta tesis se entiende como más adecuada todavía en los casos de regímenes democráticos jóvenes que recientemente han experimentado una transición desde el autoritarismo. En efecto, ahora parecería que una desincentivación de la participación extensiva, un cierto grado de apatía, la desmovilización de algunos de los sectores más fuertemente implicados en el proceso de transición, la cesión de amplias esferas de poder a los representantes, la extensión de valores como la tolerancia, la búsqueda de éxito individual, la privatización de las diferencias entre la población, etc., producirían más gobernabilidad que sus contrarios.
Sin embargo, ¿no estaríamos en este supuesto creando alienación política en la mayoría de los ciudadanos? ¿no sería el alejamiento de la ciudadanía respecto de la participación política más peligrosa, a la larga, para la gobernabilidad que sus contrarios? Al menos así lo cree la perspectiva de análisis opuesta a la reseñada.

3. La perspectiva democrático-participativa

En contraposición a la perspectiva liberal-conservadora, la democrático-participativa intenta, precisamente, incentivar la participación y, a través de ella, desarrollar el juicio político ciudadano.
Allí donde hayan de tomarse decisiones que afecten a la colectividad, la participación ciudadana se convierte en el mejor método (o el más legítimo) para hacerlo. Y no es únicamente que la participación garantice el autogobierno colectivo y, por ende, aumente la gobernabilidad. Además, como ya se ha aludido más arriba, produce efectos políticos beneficiosos ligados a la idea de autodesarrollo de los individuos. Para los griegos era la participación en el autogobierno la que convertía a los seres humanos en dignos de tal nombre. La discusión, la competencia pública y la deliberación en común de ciudadanos iguales colaboraban a la dignidad de los participantes y a la construcción ordenada y pacífica del bien colectivo. Para los humanistas del Renacimiento el compromiso con la vita activa constituía el vínculo comunitario creador de virtud cívica. Para Tocqueville, en fin, la implicación ciudadana en todo tipo de asociaciones (civiles, sociales, políticas, económicas, recreativas, etc.) constituía un rasgo distintivo del régimen democrático. Para John Stuart Mill o John Dewey la democracia no era únicamente un sistema de reglas e instituciones, sino un conjunto de prácticas participativas dirigido a la creación de autonomía en los individuos y a la generación de una forma de vida específica. Los partidarios contemporáneos de la democracia «fuerte» o «expansiva» aspiran igualmente a hacer de la participación el centro de gravedad de sus argumentaciones.
En general, la participación es un valor clave de la democracia según esta tradición. Y esa posición privilegiada se legitima en relación con tres conjuntos de efectos positivos. Primero, la participación crea hábitos interactivos y esferas de deliberación pública que resultan claves para la consecución de individuos autónomos. Segundo, la participación hace que la gente se haga cargo, democrática y colectivamente, de decisiones y actividades sobre las cuales es importante ejercer un control dirigido al logro del autogobierno y al establecimiento de estabilidad y gobernabilidad. Tercero, la participación tiende, igualmente, a crear una sociedad civil con fuertes y arraigados lazos comunitarios creadores de identidad colectiva, esto es, generadores de una forma de vida específica construida alrededor de categorías como bien común y pluralidad.
La combinación de estos tres efectos positivos resulta favorecedora del surgimiento, en esta forma de vida, de otros importantes valores: creación de distancia crítica y capacidad de juicio ciudadano, educación cívica solidaria, deliberación, interacción comunicativa y acción concertada, etc. En una palabra, la forma de vida construida alrededor de la categoría de participación tiende a producir una justificación legítima de la democracia, basada en las ideas de autonomía y autogobierno.
Los ciudadanos serán juiciosos, responsables y solidarios, únicamente si se les da la oportunidad de serlo mediante su implicación en diversos foros políticos de deliberación y decisión. Y cuantos más ciudadanos estén implicados en ese proceso, mayor será la fortaleza de la democracia, mejor funcionará el sistema, mayor será su legitimidad, e, igualmente, mayor será su capacidad para controlar al gobierno e impedir sus abusos. La participación creará mejores ciudadanos y quizá simplemente mejores individuos. Les obligará a traducir en términos públicos sus deseos y aspiraciones, incentivará la empatía y la solidaridad, les forzará a argumentar racionalmente ante sus iguales y a compartir responsablemente las consecuencias (buenas y malas) de las decisiones. Y estos efectos beneficiosos de la participación se conjugan con la idea de que la democracia y sus prácticas, lejos de entrar en conflicto con la perspectiva liberal, son el componente indispensable para el desarrollo de la autonomía individual que presumiblemente aquellas instituciones quieren proteger. Dicho de otro modo, existe una conexión interna entre participación, democracia y soberanía popular, por un lado, y derechos, individualismo y representación, por otro. Esa conexión se apreciaría, por ejemplo, en el hecho de que estas últimas constituyen precisamente las condiciones legal-institucionales bajo las cuales las variadas formas de participación y deliberación política conjunta pueden hacerse efectivas .
Así pues, la participación ahora se contempla desde el punto de vista de sus efectos beneficiosos en la creación de mutuo respeto, de comunalidad, de confianza interpersonal, de experiencia en la negociación, de desarrollo de valores dialógicos, de habilidades cognitivas y de juicio; en definitiva, de autodesarrollo personal en la multiplicidad de esferas públicas que la democracia pone al alcance de los ciudadanos. De hecho, el autodesarrollo personal es descrito aquí, en buena medida, en términos de autodesarrollo moral .
En esta etapa de fin de milenio que hace coincidir la universalización de la democracia liberal con altísimos grados de corrupción política y de deslegitimación de los sistemas, el demócrata participativo ve en la implicación política de la ciudadanía la única salida. Es hoy casi un lugar común en muchos sistemas democráticos la idea de que resulta necesario reforzar la sociedad civil y los lazos cívicos que ésta crea. El demócrata participativo aspira a seguir esa línea y a construir nuevos y variados ámbitos de participación democrática institucional y no institucional.
De hecho, existe evidencia empírica de que el retrato del ciudadano ofrecido por el liberal-conservador no es del todo exacto. No es que la apatía sea funcional, es que no hay que confundir un seguimiento «de segundo orden» de la política con mera pasividad. En las circunstancias adecuadas, los ciudadanos reaccionan y se movilizan en defensa de sus intereses políticos y de lo que creen justo o necesario. Además, la débil voluntad de participación a veces refleja defectos del sistema, pues la utilidad de la participación para los ciudadanos no siempre es evidente. Así pues, cuanto mayores sean las expectativas de que la implicación política obtendrá resultados, mayor será la participación. Por último, el pluralismo de intereses y opiniones existente en nuestras sociedades hace que la participación no siempre deba seguir la senda institucional, sino que se disperse en una miríada de ámbitos, no exclusivamente relacionados con la política institucional, que acojen las aspiraciones políticas ciudadanas cuando otros lugares (los partidos, por ejemplo) ya no parecen los apropiados para hacerlo7 .
De hecho, los partidos políticos han sufrido una importante crisis en su conexión con su función de canales de participación ciudadana. Veámoslo con algún detalle.
Hubo un tiempo en el que los partidos políticos pudieron aspirar, al menos parcialmente, a justificar su existencia a través de ese valor de la participación. Durante buena parte de los siglos XIX y XX los partidos de masas incentivaban y catalizaban la participación. En tanto que organizaciones políticas, aspiraban a promover la educación política o la discusión sobre decisiones y procesos colectivos o la explicación deliberativa de las opciones y alternativas políticas, etc. También, a crear una «cultura» propia, a desarrollar ciertos valores y hábitos, a generar prácticas de solidaridad y ayuda mutua, a aumentar la capaciad de juicio político de los ciudadanos, etc. La lucha por la extensión del sufragio se unía así a la creación de «sentido de comunidad» en el seno de las organizaciones de partido. Según el discurso prevaleciente, los partidos podían funcionar como catalizadores de la participación y como canales a través de los cuales el pueblo soberano ejercía su soberanía.
Pero esta imagen y estos partidos no han sobrevivido al paso del tiempo. Aunque gran parte del discurso político que trata de legitimarlos (o sea, de ligar sus funciones a valores queridos para nosotros) continúa describiendo sus actividades de acuerdo con la imagen recién apuntada, la trasformación de sus funciones dificulta extraordinariamente esa tarea. Es cierto que siguen siendo una pieza fundamental en el entramado institucional de las democracias, y también lo es que a través de ellos los ciudadanos pueden hacerse presentes como unidad de acción efectiva en el proceso de toma de decisiones. Pero también es verdad que su conversión en maquinarias electorales ha roto con sus tendencias participativas y ha modificado sus funciones. Junto a cambios que no podemos detallar aquí (transformaciones en la estructura de clases, etc.), la transformación institucional y electoralista de los partidos tiende a convertir a éstos en organizaciones desincentivadoras de la participación. Y esto en dos sentidos: 1) tanto en lo que hace a su intento de monopolizar y disciplinar movimientos participativos que suceden al margen de su control, 2) como en lo que se refiere a los mecanismos de participación interna de los afiliados y simpatizantes. En ambas zonas los partidos intentan controlar «desde arriba» los procesos, siendo su preocupación máxima lograr una cierta estabilidad en la participación. Es decir, una especie de equilibrio entre participación y apatía que les garantice el control de esos procesos. Las razones esgrimidas para ello son variadas, pero lo cierto es que parecen encontrar eco en la población, puesto que ésta castiga severamente en las elecciones a aquellas organizaciones de partido en las que cree advertir fuertes disensiones internas (debidas, según algunos, a un exceso de democracia y participación en el seno de la organización).
En opinión de J.J. Linz , esto sugeriría que modelos como el schumpeteriano estarían en lo cierto: en la actualidad, lo que el ciudadano vota es a un primer ministro y a un gobierno y al partido que les apoya. Los partidos no son mecanismos incentivadores de la participación política, sino alternativas electorales. Pero este hecho, nos recuerda Linz, conduciría a la depreciación de la discusión, de los debates internos y de la formación colectiva y democrática de opiniones en el seno de los partidos. E, igualmente, crearía las condiciones para la subordinación oligárquica de los partidos a los gobiernos y de los gobiernos a sus líderes . Todo parece colaborar, pues, a esta tendencia antiparticipativa y, por tanto, a contribuir a debilitar los lazos legitimantes de los partidos con la categoría de participación.
Así pues, la participación en la tradición democrático-participativa no debe ser entendida en términos exclusivamente institucionales o ligada de manera excesiva a los partidos como canales de participación. Sin embargo, su valor esencial como mecanismo de educación cívica quedaría intocado para esta perspectiva, pese a las dificultades de convertir en prácticas institucionales lo que se extiende a otros ámbitos no institucionales de tomas de decisión. De hecho, hay quien opina10 que esos nuevos lugares de participación, tales como el movimiento feminista o el movimiento ecologista, pueden resultar de enorme importancia para el desarrollo de una ciudadanía crítica y con capacidad de juicio autónomo.

4. Educación cívica y valores políticos

Así pues, los demócrata-participativos creen que la participación origina toda una serie de elementos y valores extraordinariamente provechosos para la ciudadanía y su educación cívica, con un impacto muy positivo en la gobernabilidad del sistema a través de su democratización. En contraposición a esto, los liberales más o menos conservadores señalan las ventajas del sistema representativo, de un cierto grado de desimplicación ciudadana, de una cultura política más centrada en la autonomía individual, en la tolerancia y en las instituciones, que en la participación directa.
Es evidente que para ambos puntos de vista la educación cívica es importante, aun cuando los valores y actividades asociados a ella podrían ser muy diferentes si asumimos una u otra perspectiva.
Si asumimos la perspectiva liberal, el valor de la tolerancia se convierte en crucial. Los liberales confían en poder articular un Estado neutral entre las distintas concepciones del bien (al estilo de John Rawls, por ejemplo), que sea capaz de crear tolerancia negativa y desimplicada, una tolerancia pragmática que no exigiría más que una actitud de «vivir y dejar vivir» entre los ciudadanos . Esto explicaría, entre otras cosas, que los liberal-conservadores tendieran a ver el problema de la educación cívica en términos “privados” o familiares, es decir, en términos en los que lo único que se exigiría de un ciudadano sería el desarrollo de sus propias inclinaciones culturalmente valorativas en esferas privatizadas, y donde lo público apareciera como un ámbito de tolerancia mutua. Aun tratándose de una perspectiva que parece ajustarse bastante bien a algunos rasgos de la ciudadanía realmente existente, hay quien se queja de lo que podríamos llamar la “insoportable levedad del liberalismo” a este respecto. Es decir, para algunos, esto supondría una extrema “delgadez cívica” en los principios definidores de la ciudadanía liberal , que basándose en una definición de reglas mínimas de participación y tolerancia, no tendería a la ampliación de las bandas participativas ni a la incorporación a los programas públicos de enseñanza de ciertas actividades destinadas a la creación de hábitos de diálogo y deliberación conjunta.
Quizá por esa razón, los demócrata- participativos son más exigentes con la educación cívica, y aspiran a elevar el tono de la ciudadanía mediante la participación y la creación, a través de ella, de mutuo respeto y no discriminación . O sea, categorías más densas que la de tolerancia, como las de mutuo respeto y no discriminación, sólo serían susceptibles de diseminarse socialmente mediante prácticas deliberativas emprendidas en común por los ciudadanos. Pero esta exigencia comportaría tanto la necesidad de incentivar la participación extensiva a todas las zonas de la sociedad civil, como la necesidad de diseñar programas educativos estatales y globales que incidieran positivamente en el tipo de valores que se trata de incentivar (deliberación conjunta, mutuo respeto, solidaridad, etc.).
En todo caso, conviene no sobrecargar demasiado la categoría de participación ciudadana, sobre todo para no convertirla en una visión en exceso moralizante e irrealista. Y ¿cómo evitar la sobrecarga? Yo diría que para contestar a esta pregunta es necesario acudir a recientes formulaciones sobre el concepto de ciudadanía . O sea, es necesario construir un concepto intermedio de ciudadanía capaz de recoger con realismo las exigencias mínimas de lo que debe ser un ciudadano democrático, sin sobrecargarle demasiado de deberes cívicos y sin convertirle en un concepto vacío . Por decirlo con Robert Dahl, necesitamos un “good enough citizen”.
Para empezar, ese ciudadano «intermedio» debe construir su autonomía como ciudadano «reactivo», es decir, debe participar directamente reaccionando ante lo intolerable cuando así lo aconseje su juicio político. Si los mecanismos institucionales rutinarios fracasan, la acción ciudadana dirigida a restaurar la sociedad democrática a sus fundamentos morales se hace ineludible. Lo que John Rawls llamaba «reinvigorate the public sense of justice» es justo lo que obliga al «good enough citizen» a la acción participativa en cualquiera de sus variantes. Esta «obligación participativa mínima» es ineludible por razones ligadas a la autoidentidad de una sociedad democrática. No se trata aquí de intereses sino en un sentido simbólico: la acción reactiva frente a la injusticia y lo intolerable, esté o no ligada al autointerés, es siempre algo más que el mero autointerés. Es también -y fundamentalmente- la protección del «interés» en vivir en un mundo que sea posible legitimar de acuerdo con nuestros valores centrales. Si algún suceso rompe la coherencia de la autodescripción, la participación reactiva debe restaurar los mínimos de coherencia. En este sentido, el ciudadano reactivo es, ante todo, un buen juez. Un juez crítico que utiliza su reflexividad sobre los valores públicos y se constituye así en intérprete crítico de la realidad política que le rodea.

Pero para realizar esas funciones críticas, se requiere un aumento de la capacidad cognitiva del ciudadano. No se trata ya de que participe directamente sino de que sea capaz de juzgar directamente (deliberativamente) las más diversas realidades. De que sea capaz, como recomienda Robert Dahl, de empatía con los otros y sus problemas. Que sea capaz, cabría añadirse, de empatía con las decisiones de sus representantes, esto es, de pensar poniéndose en su lugar. De hecho, lo que se exige a cualquier ciudadano en cualquier democracia es empatía con aquellos que toman decisiones en su nombre como vía para juzgarles. Incluso la más delgada teoría económica de la democracia, basada en la comprensión de los actores en términos de intereses, requiere de este concepto de empatía si quiere comprender la accountability de los procesos electorales. Esta condición del juicio empático es, en esta variante de ciudadano, el lugar de desarrollo de la autonomía. Los ciudadanos son autónomos si logran desarrollar su juicio político y juzgan mediante empatía. La tradición republicana democrática asociaba esta virtud con la participación política. La tradición liberal puede asociar el desarrollo del juicio político a otras esferas y actividades , pero no puede escapar de él sin eliminar al tiempo los fundamentos mismos.




Realizar un resumen y comparar lo leído con el siguiente articulo:


http://www.calidadeducativa.edusanluis.com.ar/2006/02/educacin-y-gobernabilidad.html




martes, 9 de junio de 2015

El Estado Argentino

Actividad para debatir el miércoles 17/06/15.


Se conoce como el surgimiento del Estado Argentino al período de la historia de la Argentina durante el cual la autoridad de la monarquía española llega a su fin en el virreinato del Río de la Plata, el cual se disgrega en diversas unidades políticas y se produce la conformación jurídico-política de lo que hoy es la República Argentina. Con el primer antecedente en las invasiones inglesas, este proceso se inicia propiamente con la Revolución de Mayo y culmina con la sanción de la Constitución Nacional en 1853.


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FUENTE: “DEL ESTADO DEL BIENESTAR AL ESTADO DEL MALESTAR”Año: 2002.Editorial: Centro De Estudios Constitucionales y Sociológicos.
Autor: Ramón García Cotarelo




EL ESTADO DE BIENESTAR

*Palabras claves subrayadas.

 
Desde comienzos del siglo XX, el mundo experimentó profundos cambios en la organización deltrabajo y en la economía. Estos cambios fueron producto de las nuevas formas de trabajo industrial: el taylorismo (1911), y el Fordismo (de 1920 a 1970 ).



La expansión de este último, coincidió con el desarrollo del Estado de Bienestar. Este Estado Benefactor, cumplió el papel de garante de la nueva relación entre los trabajadores y los empresarios, se propuso que todos tuvieran empleo, se preocupó por lograr la igualdad de oportunidades a partir del otorgamiento de diferentes prestaciones sociales. También cumplió un papel muy importante en la economía de los países en los que se estableció: fue empresario, e intervino activamente en la economía, protegiendo las industrias nacionales .



Podría ejemplificarse como un Estado de Bienestar, al modelo político-económico que tuvo la Argentina durante las presidencias de Juan Domingo Perón. Ya que durante esos períodos, el ascenso social y las mejoras en las condiciones de vida y trabajo de los obreros, estuvieron acompañadas de un desarrollo y proteccionismo de la industria nacional.



Los gobiernos que le sucedieron al de Perón, no tuvieron las características de éste, y la trascendencia de los mismos, junto con el ascenso de presidentes como Carlos Saúl Menem,marcaron en la historia de nuestro país el fin del Estado de Bienestar.

La etapa que estamos viviendo actualmente, y la respuesta a la pregunta que nos hacemos muchos argentinos: ¿Por qué estamos así?, no es más que la consecuencia del fin del Estado Benefactor, el postfordismo y, por consiguiente, la vigencia de un Estado Neoliberal.



 Década de los 90 en Argentina

El 8 de julio de 1989, antes de lo previsto, se realizó el traspaso del mando presidencial. El nuevo presidente, Carlos Saúl Menem, había anunciado antes de asumir el cargo de presidente de lanación, que entregaría el manejo de la economía a un empresario que integraba el principal grupo oligopólico del país, Bunge y Born. Menem, por su parte y para consecuencia de quienes lo votaron, abandonó la tradicional política económica industrialista y redistributiva del peronismo, adoptó posiciones neoliberales y se alineó con los EE.UU.

Consenso de Washington

En 1989, se reunieron en Washington, los representantes del Departamento de Estado de loa Estados Unidos, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, los ministros del G-7, y presidentes de los bancos privados más poderosos del mundo. Se llegó a un acuerdo, en el que sólo se otorgaría ayuda financiera a aquellos países endeudados que adoptasen las medidas recomendadas por el Consenso:

- Reformar el Estado, minimizando sus funciones sociales, como la salud y la educación.

- Privatizar empresas de servicios públicos.

- Enajenar reservas energéticas.

- Otorgar facilidades a las inversiones extranjeras.

- Aumentar la recaudación impositiva.

- Liberar el sistema financiero.

- Reducir el Déficit Fiscal.

Eran las ideas de la economía de libre mercado, que buscaban acabar con el modelo de sustitución de importaciones, eliminando las políticas de inclusión de las mayorías populares.

Gestión de Menem

A poco de asumir, Menem adoptó las medidas del Consenso de Washington, y entregó el Ministerio de Economía a Bunge y Born. Hizo aprobar por el Congreso, dos grandes leyes: la de Emergencia económica, la cuál suspendía todo tipo se subsidios, privilegios y regímenes de promoción, y autorizaba el despido de empleados estatales. La ley de Reforma del Estado, en la que declaró la necesidad de privatizar una extensa lista de empresas estatales, y delegó en el presidente elegir la manera específica de realizarlas.

Aseguró a las nuevas empresas un aumento sustancial de tarifas, escasas regulaciones y una situación monopólica por varios años. También proclamó la apertura económica. En poco más de un año, se habían privatizado la red vial, los canales de televisión, buena parte de los ferrocarriles y las áreas petroleras. Se vendió todo lo que podía venderse, y aún así, la deuda externa se cuadruplicó.

Los gobernantes, pretendían reducir la inflación importando productos baratos o mejorar la recaudación fiscal, cobrando derechos elevados. Por ello, para contrarrestar el problema del déficit fiscal, resolvieron recaudar más, aumentando el impuesto al valor agregado y a las ganancias. Restringieron al máximo los papeles del Estado (en el ámbito educativo, se llevó a cabo la "descentralización", con la que los colegios nacionales pasaron a las provincias, y en algunos casos a municipios) y la circulación monetaria, lo que redujo la inflación.

Erman Gonzáles, en aquel entonces Ministro de Economía, tomó una medida drástica, se apropió de los depósitos a plazo fijo y los cambió por bonos a largo plazo en dólares, afectando así a muchos ahorristas.

En 1991, el nuevo Ministro de Economía, Domingo Cavallo, hizo aprobar la ley de Convertibilidad, en la que un dólar equivaldría a un nuevo peso.

Si bien los argentinos tomaron provecho de la convertibilidad, porque pudieron realizar compras en cuotas, hacer viajes al extranjero, y utilizar tarjetas de crédito, desde el punto de vista de un economista "la Convertibilidad mató a la Argentina".

La Argentina había pasado a formar parte de la globalización, y esto fue posible "gracias al respaldo de los Estados Unidos", que impulsaba al desmantelamiento del país. El Estado Nacional tenía cada vez menos poder frente al creciente poder de los grandes grupos económicos, que fijaban los rumbos de las economías nacionales. En el caso de los trabajadores, que ya habían sido afectados con el cambio de rol del Estado, se le suma a su situación el sometimiento a las reglas de la economía.

Otra de las consecuencias de la globalización, fue la formación de un bloque económico, llamadoMercosur. El mismo está constituido por Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay. Estos países firmaron un acuerdo conocido como Tratado de Asunción, que establecía la formación del Mercado Común del Sur. Ese acuerdo, ponía a los cuatro países en una relación de integración económica plena, y sus objetivos eran:

- Acelerar el desarrollo económico.

- Establecer la libre circulación de bienes y servicios, y aranceles externos comunes.

- Lograr una fuerte vinculación al mercado mundial mediante la consolidación de un gran espacio económico.

- Estimular el desarrollo científico y económico.

Luego se agregaron Chile y Bolivia, que tienen una participación menor.

Las consecuencias de las políticas de la década del 90’ y de la globalización, se ven reflejadas en la nueva cuestión social, que se manifiesta en la sociedad actual, y que estuvo acompañada decorrupción.

La nueva cuestión social, está caracterizada por la conjunción de ciertos factores:

- Desempleo y precarización: el modelo económico, que implementa la flexibilidad laboral, la cuál propone reducir el costo laboral a través de imponer topes y menores indemnizaciones poraccidentes de trabajo, flexibilizar el contrato temporario de personal y disminuir los topes para las indemnizaciones por despidos injustificados y el aporte patronal para la jubilación y obras sociales.

También la renovación tecnológica empeoró el mercado de trabajo, ya que produjo que el personal no capacitado quedase al márgen, y fuera reemplazado por aquel personal que si lo fuera.

Esto produjo un desempleo estructural, por la precarización y rotación permanente de la mano de obra, que debilitó a la defensa gremial y legal del trabajo.

También, el trabajo se transformó en un bien escaso, y aparecieron nuevas modalidades de empleo: temporal, discontinuo, a tiempo parcial, autoempleo, irregular o clandestino.

- Vulnerabilidad y exclusión: las personas que perdieron el empleo formal, quedaron desvinculadas de los marcos institucionales que las contenían, y debieron desarrollar estrategias para sobrevivir.

Además, las condiciones impuestas por el desarrollo tecnológico, fueron dejando progresivamente a una porción de la población lejos de cualquier posible acercamiento. Toda esa porción de la población fue víctima de la exclusión, que le dio carácter de población excedente, y que a la larga, se presentó como un efecto dessocializante y de aislamiento social.

- Ampliación de la pobreza estructural: los pobres estructurales o pobres de necesidades básicas, los cuáles no satisfacen sus necesidades básicas, en relación con la vivienda, condiciones sanitarias, educación y capacidad de subsistencia, poseen ingresos por debajo de la línea de pobreza, son los principales destinatarios de políticas del tipo asistencial, y que están lejos de ocupar la escena y de conformar activamente la opinión pública.

- Nuevos pobres y privación relativa: la diferencia básica con los pobres estructurales, es que los nuevos pobres poseen una vivienda digna y están más capacitados. Este sector caracteriza a los pobres por ingresos, y está conformado por las clases medias "empobrecidas", como los empleados públicos, docentes, jubilados, etc.

A la vez, son los más afectados por el modelo neoliberal, porque no tienen contención simbólica ni material en el mismo.

- Crisis de las clases medias: estos sectores tienen la característica de engrosar los índices de desempleo y subempleo por la reseción y el cierre de comercios. Están constituídos por trabajadores con educación media completa y hasta superior.

- Nueva violencia social e inseguridad: está representada por una violencia de tipo social, sin proyecto, y que lleva al círculo inseguridad- represión policial. Es producto de la nueva fase capitalista, que le sumó a la altísima tasa de desocupación, problemáticas en los jóvenes por la falta de contención, explotación infantil, aumento de mujeres cabeza de familia, y familias cada vez más inestables.

Esta nueva violencia, está relacionada con el crecimiento del sector ilegal y criminal.

Las situaciones económicas, políticas y sociales que se desataron en nuestro país a partir de los años 90’, se vieron agravadas con el gobierno de De La Rúa.

De La Rúa, contrariando sus promesas electivas, resolvió profundizar el modelo neoliberal: impone al parlamento la Ley de Reforma Laboral, que terminó con la última legislación protectora de los derechos del trabajador. Se les baja el salario a los jubilados, con el propósito de llevar a cero el déficit fiscal, sube el riesgo país, se produce una fuga de capitales, y por último, el gobierno interviene congelando las cajas de ahorro, lo que culminó en el llamado "corralito", y una serie de episodios violentos y "cacerolazos”



Actividad:

1)      Explique en no más de 20 renglones  LA CRISIS DEL ESTADO DE BIENESTAR”

2)      2) Lea el siguiente texto. Realice una opinión personal haciendo un paralelismo entre el Estado en la década del ’40 y en la actualidad, en el Mundo y en Argentina.

“Todos los indicadores sociales muestran que en los últimos treinta años la calidad de vida y el bienestar social se han deteriorado de forma generalizada en todo el mundo, es decir que, aunque en diferente medida, habida cuenta de las posiciones relativas de partida, ese deterioro ha afectado tanto a los países subdesarrollados como a los países industrializados y postindustrializados de Europa y América. 

La globalización, razonan algunos, crea un mundo de ganadores y perdedores, unos pocos en el camino rápido hacia la prosperidad, la mayoría condenada a una vida de miseria y desesperación. En efecto, las estadísticas son angustiosas. La porción de renta global de la quinta parte más pobre del mundo se ha reducido del 2,3% al 1,4% entre 1989 y 1998. La proporción que se lleva la quinta parte más rica, en cambio, ha aumentado.. Algunas empresas transnacionales venden mercancías que son restringidas o prohibidas en los países industriales -medicinas de poca calidad, pesticidas destructivos o cigarrillos con un alto contenido en nicotina y alquitrán-. En lugar de una aldea global, alguien podría decir, esto parece más el saqueo global.” 

Ello significa que es posible trazar una nítida línea divisoria entre el período que va desde finales de la Segunda Guerra Mundial (1945) hasta aproximadamente mediados de la década de los años setenta (1973-5) y el período posterior de crisis económica internacional, que, con altibajos, se prolonga hasta nuestros días.

Aunque en el primero de esos períodos, designado como la edad de oro del Estado de Bienestar, que coincide con una época de expansión económica casi ininterrumpida, no se consiguiera eliminar los problemas de desigualdad, de concentración de capitales y otros signos de desequilibrio, lo cierto es que, en general, el período se caracteriza por haber conseguido el triunfo de un modelo socioeconómico de bienestar social, basado en los pactos políticos keynesianos de la postguerra, ratificados entre todos los dirigentes políticos europeos -lo que Dahrendorf ha denominado el pacto social-democrático-, que se tradujo en unos niveles aceptables de integración y satisfacción sociales, derivados del pleno empleo, la masiva provisión pública de bienes colectivos, el aumento regular de los salarios y la capacidad adquisitiva de los trabajadores y la utilización generalizada en los países europeos de políticas de redistribución social. Ello fue posible gracias a la obtención de altos beneficios económicos derivados de las inversiones de capital en las diferentes actividades industriales, a la definitiva implantación del capitalismo de consumo, que implicaba la implantación global de una norma de consumo obrero, lo que, a su vez se tradujo en la satisfacción generalizada de las cada vez más amplias "necesidades" sociales, inducidas por el propio sistema neocapitalista.”Como ha señalado Giddens.

*Anthony Giddens (Londres, Inglaterra, 18 de enero de 1938) es un sociólogo británico, reconocido por su teoría de la estructuración y su mirada holística de las sociedades modernas.



3)      Buscar diez ejemplos  donde se vea el paso  DEL ESTADO DEL BIENESTAR AL ESTADO DEL MALESTAR en el mundo y en el país.

4)      Reflexión final: Observe el video. ¿Qué más podes aportar para sostener el estado de bienestar?



miércoles, 27 de mayo de 2015

El ejército y la coacción.

Fuente: Resumen de Sociedad y Estado .CBC. U.B.A.
Cátedra: Kogan

* Leer para el miércoles 10/6/15 -

El poder estatal se legitima si se ejercita en función de un mínimo grado de interés común o general de la sociedad dirigida. El que manda debe aparentar y hacer creer que gobierna para todos los que obedecen, el poder crea la integración social. Pero, al mismo tiempo, el poder implica una lucha por acceder a las posiciones de mando y a las ventajas.

La vida política es el conjunto de manifestaciones y relaciones sociales que se derivan del carácter contradictorio del poder y su ejercicio.

Mecanismos de funcionamiento:

Relaciones entre la sociedad civil y el Estado. 
Sociedad civil: conjunto de estructuras (cultural, económica, social, etc.) que genera demandas y presiones sobre el sistema del poder central, a menudo contradictorias porque ellas surgen de diferentes grupos culturales y económicos. El sistema de poder estatal tiene un conjunto de mecanismos para filtrar, poner orden, racionalizar y dar coherencia a esa masa de presiones y demandas:

Los “controles”: conjunto de grupos o individuos que, no siendo parte del Estado, están ubicados, formal y informalmente, como receptores de las presiones o demandas. Su función es seleccionar y jerarquizar esas demandas y presiones. 
Las instituciones de mediación: grupos normativamente organizados, se dividen en: partidos (o fracciones políticas) y grupos de presión. Los partidos políticos son movidos por ideales comunes, que pretenden ocupar los mecanismos concretos de poder (el Estado). Los grupos de presión no aspiran a ocupar los mecanismos del Estado, pero, por su alcance político, tratan de influir sobre los partidos políticos y sobre el Estado para lograr decisiones favorables a sus intereses. Estas instituciones procesan las demandas y presiones y les dan una coherencia decisoria, las transforman en una alternativa concreta para que el Estado les de respuesta. 
El núcleo del sistema de poder: es el conjunto de: instituciones (jurídicamente organizadas y limitadas; conjunto de leyes que regulan la actividad estatal), funciones (decisión, determinar, a través de leyes, decretos, etc. la acción del Estado ante las presiones y demandas) y mecanismos (por los que se ejecutan las funciones, estatales y de la sociedad que evitan el abuso de poder, la arbitrariedad, etc.) dominados por el Estado. Quien tiene a su disposición este conjunto de elementos, tiene el mando o la autoridad suprema en una sociedad. 
El mecanismo de reacción-acción: son los efectos que producen las decisiones tomadas por el Estado. En caso de que las decisiones no satisfagan las demandas que las generaron, las instituciones provocarán nuevas tensiones para forzar la acción del sistema de poder en un sentido favorable a las demandas. Un Estado debe lograr un mínimo de satisfacción social para poder subsistir a largo plazo. 
Las Instituciones y el cambio institucional: una institución es un conjunto de status (situación objetiva que el individuo tiene en la sociedad) y de roles (conducta del individuo esperada por el contorno social) y es también, a nivel de conciencia social, un sistema de valores y de creencias colectivas. Las instituciones generan un mínimo grado de coherencia entre los que las forman y un sistema normativo que las rija. Hay instituciones estatales, políticas, no estatales y paraestatales o de participación mixta. La armazón de una institución es el conjunto de deseos, demandas y aspiraciones de quienes la integran. 






La participación en el Estado Democrático.

La participación es el movimiento de los civiles (voto, protestas, etc.) para influir en las decisiones tomadas por el Estado. Hay diferentes niveles de participación: a nivel decisorio, ejecutivo y de control.

La participación es el movimiento que se da desde las pequeñas células sociales hasta alcanzar la cúspide de la pirámide social. Por ello la participación se debe dar en todos los grupos sociales, desde los más minúsculos y alejados del poder político. 


2° “La formación del Estado Argentino” – Oscar Oslak.

El Estado Nacional supone la conformación de la instancia política que articula la dominación en la sociedad, y la materialización de esa instancia es un conjunto interdependiente de instituciones que permiten su ejercicio. El Estado es relación social y aparato institucional.

La estatidad es el surgimiento de una instancia de organización del poder y del ejercicio de la dominación política (grado en que un sistema de dominación social ha adquirido el conjunto de propiedades que definen la existencia de un estado). El estado es relación social y aparato institucional. La estatidad (condición de ser estado) supone la adquisición de una serie de propiedades:

Capacidad de externalizar su poder, reconocimiento como unidad soberana. 
Capacidad de institucionalizar su autoridad, imponiendo una estructura de relaciones de poder que garantice el monopolio sobre los medios organizados de coerción. 
Capacidad de diferenciar su control, a través de instituciones públicas con legitimidad para extraer establemente recursos de la sociedad civil. 
Capacidad de internalizar una identidad colectiva, mediante la emisión de símbolos que refuerzan los sentimientos de pertenencia y solidaridad social y permiten, en consecuencia, el control ideológico como mecanismo de dominación. 
Es decir, que el Estado es una institución a través de la que los sectores dominantes imponen un sistema de dominación (con su respectivo modelo económico) acorde a sus intereses, y para lograrlo, utilizan medios de coacción (por la fuerza) y consenso (acuerdo).

La formación del estado depende de la existencia de:

Elementos Materiales (concretos): vinculados con el desarrollo de intereses resultantes de la diferenciación e integración de la actividad económica dentro de un espacio territorialmente definido (burocracia, fronteras, territorios, etc.) 
Elementos Ideales (simbólicos): implican la difusión de símbolos, valores y sentimientos de pertenencia a una comunidad diferenciada por tradiciones, etnias, lenguajes u otros factores de integración, que configuran una identidad colectiva, una personalidad común que encuentra su expresión en el desarrollo histórico. Tienen una función ideológica, generan pertenencia e identidad y justifican el sistema. 
La formación del Estado es resultado de un proceso gradual convergente de constitución de una nación y un sistema de dominación, creación de una instancia y de un mecanismo capaz de articular y reproducir el conjunto de relaciones sociales establecidas dentro del ámbito material y simbólicamente delimitado por la nación. A través de este sistema se obtiene la dominación política que adquiere constitución porque se presenta como el representante del bienestar general y colectivo, garante del orden social.
PROGRESO

Desarrollo – crecimiento económico y acumulación en base al Modelo Agropecuario Exportador bajo el que se une a todo el territorio.

La primer función básica del Estado Nacional es la creación de un ejército nacional, organizado para imponerse sobre los indios, campesinos y caudillos. Institucionalizan el poder por la Fuerza Militar. Así, se empieza a desarrollar el cambio económico a favor de la clase dominante. 

Para entender es "COACCIÓN". Aquí tenemos dos significados, que prácticamente son muy similares : 

coacción 
1.f. Violencia física, psíquica o moral para obligar a una persona a decir o hacer algo contra su voluntad: 
actuar bajo coacción. 
2.der. Poder legítimo del derecho para imponer el cumplimiento de sus principios y normas. 

Entonces, la frase: “El Estado conserva en sus instituciones el monopolio de la coacción física” , significa que el Estado (comúnmente conocido como GOBIERNO) se reserva o conserva, dentro de sus instituciones el monopolio, es decir, el CONTROL o el acaparamiento de la VIOLENCIA FÍSICA. 

En pocas palabras: El gobierno utiliza la violencia para su conveniencia. 

En efecto, esto es verdadero en casi todos los sistemas, Dictatoriales, Comunistas, Monarquicos, Fascistas y ahora también lo vemos en los Capitalistas. Utilizando a la policía y al ejército para reprimir cualquier manifestación ciudadana o del pueblo aún cuando la gente tenga la razón. Ejemplo: lo que pasó en ATENCO, en el Estado de México con el que será el próximo presidente corrupto impuesto por la orden derechista del Nuevo Orden Mundial en mi país Mexicano: Peña Nieto. Donde reprimieron a golpes, balazos y hasta torturas y violaciones contra mujeres y niños. 
Aquí te muestro un video, una fracción de lo que ocurrió. Recordando que México es un país "capitalista y democrático" supuestamente... 


miércoles, 20 de mayo de 2015

Política y Corrupción.

El problema teórico

¿Existe o no una teoría social que sirva de marco teórico para el análisis y la explicación del fenómeno de la corrupción? ¿Es válido el supuesto de que la teoría de la Anomía sirve de enfoque para dilucidar la problemática de la corrupción? Sin menoscabo de su validez para otro tipo de análisis sostenemos que la teoría de la Anomía, particularmente en su vertiente durkheimniana («ausencia de normas que favorezcan la solidaridad». Durkheimn, 1967) no resuelve el problema; y que en sus versiones parsonsiana (desinstitucionalización por falta de internalización de valores normativos. Parsons, 1951) o Mertoniana (falta de oportunidades sociales para alcanzar metas culturales. Merton, 1965) lo hace muy limitadamente. Consideramos que el fenómeno de la corrupción es muy complejo para ser analizado solamente en términos de ausencia o presencia de normatividad social, por un lado, o de observancia o inobservancia de normas existentes, por otro. Creemos que hay otros elementos que deben ser considerados, acordes a la amplitud de la problemática de la corrupción, como por ejemplo:

• ¿Qué relación tiene la corrupción con la institucionalidad misma? ¿No es en ella donde mejor se mueve la corrupción? Y, para moverse en ella, ¿no requiere de poder administrativo o normativo mínimos o de contactos con ellos?

• ¿Qué ideología o subcultura sustenta la acción corrupta o corruptora?

• ¿Qué unidades de análisis deben utilizarse o crearse para el adecuado estudio del fenómeno de la corrupción?

• ¿Cómo debe conceptualizarse la corrupción? ¿Sólo como conducta desviada o delin-cuencial? ¿Sólo como psicopatología individual? ¿Sólo como inmoralidad personal?

• ¿La corrupción es acción social? ¿Es hecho social? ¿Cuál es su tipología?

• ¿Cuáles son los linderos entre delincuencia común, inmoralidad, degradación social y corrupción?

• ¿Qué tiene que ver la modernización con la actual profusión de la corrupción?

• ¿Históricamente los escándalos de corrupción no son expresión de la conciencia social que diferencia lo público de lo privado?

• ¿Tienen algo que ver los sistemas de gobierno hoy en boga como «LA DEMOCRACIA DELEGATIVA» (O’ Donnell 1994) en la corrupción?

• ¿Cuál es la relación de la corrupción con el mayor o menor poder y con los intereses?

Como las respuestas a estas interrogantes no puede ofrecerlas la teoría de la Anomía, se impone la necesidad de recurrir a una teoría alternativa que sí las resuelva solventemente. El problema es que no hay actualmente una que sirva de marco teórico para el análisis de la corrupción. Se hace imperativa la tarea de construcción teórica, pero no de cualquier teoría sino de una que, para responder a las interrogantes planteadas, reúna las siguientes características:

1. Debe permitir una adecuada conceptualización del fenómeno de la corrupción.

2. Debe tener no sólo valor descriptivo del fenómeno (el qué y cómo) sino también valor explicativo (el porqué) del mismo, llegando a definir en este nivel explicativo los factores que lo producen.

3. Debe analizar la problemática de la normatividad social ya no sólo en términos de existencia o no existencia de normas, o de acatamiento o no acatamiento de normas, sino en términos de cómo se las utiliza y para qué.

4. Debe responder a la preocupación de la sociología de relacionar acción y estructuras (Ritzer 1993).

5. Debe permitir el análisis y la relación macro y microsociológicas (preocupación de la sociología norteamericana) (Ibid, 1993).

6. Debe responder a las características de una teoría científica, es decir, ser un conjunto organizado de términos y de proposiciones intrínsecamente congruentes y empíricamente verificables, tal como lo plantea el sociólogo italiano Ferrarotti. Sin olvidar que «La construcción de una teoría científica es siempre la edificación de un sistema más o menos afinado y consistente de enunciados que unifica, amplía, y profundiza ideas, las cuales en el estudio preteórico, habían sido más o menos intuitivas, imprecisas, esquemáticas e inconexas» (Bunge, La Investigación Científica).

II. EL NUEVO CORPUS TEÓRICO

La ausencia de una teoría que responda a las interrogantes formuladas en la sección anterior nos llevó a la construcción de un andamiaje teórico que, estamos seguros, llena el vacío señalado y que reúne, además, los requisitos exigidos para una teoría científica. Lo denominamos Socionomía Instrumental. Por razones de espacio expondremos sólo sus ideas centrales y algunas proposiciones principales.

Ideas centrales

1. La normatividad social es cada vez más instrumental a partir de la modernidad (modernidad que implica procesos de secularización del poder (Maquiavello, 1971; Hobbes, 1980)), relativización utilitaria de valores y normas (Gouldner); el avance de la razón instrumental (Weber 1986, 1976 y Escuela de Frankfurt– Horkheimer 1974; Jay 1974); la juridificación del mundo de la vida y su colonización por el mundo del dinero y el poder (Habermas 1989); el avance de la dominación legal (Weber 1986); la extensión del contrato en la sociedad (Bendix 1964).

2. La instrumentalidad de la normatividad social se manifiesta en la capacidad activa de los hombres de crear, fortalecer (o destruir) espacios normativos institucionalizados y estructurados que sirven de medio para: el logro de finalidades y/o metas sociales, la preservación de valores o la plasmación de intereses. La normatividad social responde en ese sentido al esquema de la racionalidad medios-fines. En algunos casos sirve para establecer relaciones sujeto-objeto entre los hombres.

3. La acción normativa instrumental, sin embargo, no es ilimitada, sino que está situada y condicionada históricamente. Se inscribe además en el marco de la Estructuración Social (Giddens 1976) donde: 1. La acción constituye las estructuras –en este caso normativas– y a la vez las estructuras normativas constituyen o condicionan la acción; y 2. donde las normas están interrelacionadas con significados y poder.

4. Una derivación del carácter instrumental de la normatividad es que también puede ser utilizada con arreglo a intereses particulares ilícitos y/o ilegítimos.

5. La problemática de la normatividad social ya no debe verse sólo en términos de existencia o no existencia de normas, o de acatamiento o no acatamiento de normas, sino en términos de cómo se las utiliza y para qué.

Ideas centrales

1. La normatividad social es cada vez más instrumental a partir de la modernidad (modernidad que implica procesos de secularización del poder (Maquiavello, 1971; Hobbes, 1980)), relativización utilitaria de valores y normas (Gouldner); el avance de la razón instrumental (Weber 1986, 1976 y Escuela de Frankfurt– Horkheimer 1974; Jay 1974); la juridificación del mundo de la vida y su colonización por el mundo del dinero y el poder (Habermas 1989); el avance de la dominación legal (Weber 1986); la extensión del contrato en la sociedad (Bendix 1964).

2. La instrumentalidad de la normatividad social se manifiesta en la capacidad activa de los hombres de crear, fortalecer (o destruir) espacios normativos institucionalizados y estructurados que sirven de medio para: el logro de finalidades y/o metas sociales, la preservación de valores o la plasmación de intereses. La normatividad social responde en ese sentido al esquema de la racionalidad medios-fines. En algunos casos sirve para establecer relaciones sujeto-objeto entre los hombres.

3. La acción normativa instrumental, sin embargo, no es ilimitada, sino que está situada y condicionada históricamente. Se inscribe además en el marco de la Estructuración Social (Giddens 1976) donde: 1. La acción constituye las estructuras –en este caso normativas– y a la vez las estructuras normativas constituyen o condicionan la acción; y 2. donde las normas están interrelacionadas con significados y poder.

4. Una derivación del carácter instrumental de la normatividad es que también puede ser utilizada con arreglo a intereses particulares ilícitos y/o ilegítimos.

5. La problemática de la normatividad social ya no debe verse sólo en términos de existencia o no existencia de normas, o de acatamiento o no acatamiento de normas, sino en términos de cómo se las utiliza y para qué.

6. La creciente instrumentalidad de la normatividad social en la sociedad moderna es parte del diagnóstico de nuestro tiempo. Es un dato de la realidad.

7. No creemos incompatible la racionalidad instrumental (destacada por Weber y criticada por la escuela de Frankfurt) con la racionalidad comunicativa (planteada Habermas, 1989) en el campo de la normatividad social. En una relación de sujeto-sujeto (y no de sujeto-objeto) los hombres pueden y deben instrumentar y fiscalizar democráticamente la normatividad social.

Proposiciones principales

1. Un componente central de la vida social es la conducta regida por normas sociales. Pero ello no implica que la conducta humana sea sobredeterminada por la normatividad social.

2. La conducta regida por normas sociales supone, particularmente en la sociedad moderna, no sólo la presencia de acción social normada sino de acción social normativa. No sólo conducta del que acata las normas sino del que las prescribe aunque sea históricamente hablando. En gran parte la tradición y la socialización se encargan de hacernos llegar las normas como algo dado en el mundo de la vida cotidiana.

3. Detrás de las normas no sólo hay valores sino también poder e intereses.

Las normas no son algo dado sino algo que va dándose en el proceso de producción y reproducción social como producto del quehacer humano.

Las normas provienen de la acción social prescriptiva de conductas, de la capacidad del hombre de señalar el deber ser en el comportamiento humano frente a las solicitaciones del ambiente y del grupo social. Esta capacidad normativa en un horizonte de legitimidad es ya una forma de poder. A esto hay que agregar «que todo orden normativo-moral y de conocimientos es al mismo tiempo un sistema de poder» (Giddens 1976); es decir una estructura de mando y obediencia, de relaciones asimétricas de poder; esto sin olvidar que usualmente muchas normas refrendan intereses y que en varios casos valores e intereses no tienen linderos definidos (Ferrater Mora 1965).

4. La normatividad social no sólo se institucionaliza sino que se estructura socialmente, es decir, no sólo logra la aceptación social sino que se plasma en ámbitos normativos estructurados. A ellos los denominados Espacios Normativos Institucionalizados y Estructurados (ENIE). Los componentes de dichos ENIEs son los siguientes : Normas, Valores, Poder, Intereses, Organizaciones, Roles y Creencia en la legitimidad del ENIE. Es decir, su estructura es de «tipo mixto, que combina en distinta medida elementos subjetivos y objetivos» (Ritzer 1993). La conformación de los ENIEs es similar a la de las estructuras sociales de Parsons con tres agregados necesarios: Poder, Intereses y Creencia en la legitimidad del ENIE. Los ENIE pueden ser de tipo político, económico, hierocrático (vinculado a lo sagrado) y social en general. Mayor cuota de poder normativo social lo tienen los ENIEs político y hierocrático. El primero por estar acompañado del poder coercitivo del estado y de una legitimidad originada en la voluntad general, y el segundo por fundamentar su legitimidad en un reclamado origen sagrado de las normas.

5. Los espacios normativos institucionalizados y estructurados funcionan como auténticos sistemas de conducta. Dichos sistemas de conducta están conformados por:

• Prescriptores (pasados y presentes) de normas de conducta con arreglo a valores e intereses (Poder Normativo).

• Administradores de la aplicación de las normas (Poder Administrativo).

• Acatadores o no acatadores de las normas.

• Sancionadores de los que desacatan las normas (Normalmente son los mismos del poder administrativo).

• Acciones sociales normativa, teleológica (con arreglo a fines) y dramatúrgica dentro del marco normativo.

• Interacción social entre los poderes normativo y administrativo y los obligados a la norma (con la posibilidad de nuevos significados para la conducta normada).

• Un sistema de significados propios del sistema normativo.

• Creencia en la legitimidad del sistema de conducta.

• Logros, productos, del sistema de conducta.

Graficados en términos de sistema insumo- producto (Easton 1969), los ENIEs tienen la siguiente conformación (Ver hoja adjunta).

6. Aplicando el enfoque de sistemas (Easton 1969) podemos llegar a encontrar las disturbaciones que se presentan en los espacios normativos:

• Presencia de intereses no legítimos en las Entradas y Procesos del sistema.

• Utilización del poder normativo y administrativo del sistema para satisfacer intereses particulares y no del sistema normativo-conductual.

• Lograr dolosamente Productos (salidas) diferentes a los previstos explícitamente para el sistema.

• Ausencia de retroalimentación por falla o disimulo de los encargados del control y fiscalización del sistema normativo.

• Ausencia de mecanismos de participación de la colectividad social en la generación de las normas y en la fiscalización de la aplicación administrativa de las mismas.
Definición de corrupción

Concordante con estos criterios la definición de corrupción a la que hemos arribado es la siguiente «Acción social ilícita o ilegítima encubierta y deliberada con arreglo a intereses particulares, realizada vía cualquier cuota de poder en espacios normativos institucionalizados y estructurados, afectando deberes de función, intereses colectivos y/o la moral social».

Esta definición conceptual nos permitió aplicar la metodología de la formulación de tipologías al caso de la corrupción siguiendo sus cuatro pasos metodológicos: 1. Definición del fenómeno, 2. Definición de las características individuales o propiedades del fenómeno, 3. Subdivisión de las características del fenómeno en componentes menores, 4. Definición de conceptos operadores. Cabe señalar que uno de los conceptos operadores fue el de los tipos de poder que cruzan a cualquier espacio normativo (sea político, económico, hierocrático y social en general). Nos referimos al Poder Normativo y el Poder de Administrar la aplicación de las normas. El otro concepto operador fue el grado de nocividad social de la acción corrupta (en función de la organicidad y amplitud de la acción corrupta, del tipo de ENIE que afecta, del grado en que erosiona la moral social objetiva y los intereses colectivos). Se concluyó que hay cuatro clases o tipos de corrupción con sus respectivas modalidades en su interior:

1. Corrupción Administrativa de alta nocividad social

Tipo de corrupción que se da en áreas de administración y ejecución de normas gubernamentales y sociales. Es cometida por quienes detentan poder administrativo en espacios normativos institucionalizados y estructurados que son importantes por su amplitud social o por su carácter tutelar o fiscalizador, o de administración de justicia en la sociedad. Afecta el cumplimiento de deberes de función claves para la sociedad, así como intereses de comunidades nacionales (o internacionales) y la moral social objetiva. En muchos casos está relacionada a delitos graves o al crimen organizado.

2. Corrupción Administrativa de efecto local

Es la que se da al nivel administrativo y ejecutivo de espacios normativos instituciona-lizados y estructurados de alcance local. Afecta, a ese nivel, el cumplimiento de deberes de función, así como intereses y la moral de grupo de colectividades sociales.

3. Corrupción Normativa de alta nocividad social

Se realiza en los niveles normativos y legislativos de la sociedad en su conjunto. Implica la gestación de normas dolosas por intereses creados (crematísticos o de poder). Afecta las reglas de juego social así como intereses colectivos y/o la moral social objetiva.

4. Corrupción Normativa de efecto local

Se da al nivel de ENIEs de alcance local en cuanto a su tamaño y a su relativa autonomía normativa. Implica gestación y manipulación de normas con intereses particulares. Afecta intereses y la moral de colectividades y entidades de nivel local o regional.

Ya no hacemos referencia a las modalidades inscritas al interior de cada tipo o clase por razones de espacio.

La conceptualización y tipología a las que arribamos fueron enriquecidas al final con una nueva mirada: La de los niveles o grados de corrupción: 1. Esporádico-individual, 2. Sistemático o institucional y 3. Sistémico. Miden la «temperatura» de los tipos de corrupción existentes en una sociedad mediante el siguiente cuadro:

IV. ALGUNAS CONCLUSIONES

En este rubro adelantaremos algunas conclusiones a las que estamos arribando a lo largo de toda nuestra investigación:

1. La corrupción puede y debe ser tratada sociológicamente.

2. El enfoque sociológico de la socionomía instrumental es una solvente alternativa teórica que, entre otras cosas, permite acceder a una adecuada conceptualización y tipologización del complejo fenómeno de la corrupción. Por su carácter multiparadigmático y su alcance científico intermedio tiene valor descriptivo y explicativo de muchos otros aspectos de la dinámica social.

lunes, 11 de mayo de 2015

Poder en Weber

Al tratar el poder varios autores han retomado la definición de Max Weber, como la probabilidad de tomar decisiones que afecten la vida de otro(s) pese a la resistencia de éstos. En la medida en que el poder se ejerce por medio de la fuerza y la coerción, Weber distingue entre el mero ejercicio del poder y la relación de dominación

Tipos de dominación

Max Weber fue el primer pensador social en enfocar el tema de la legitimidad vinculando a la dominación, poder y relación social, teniendo en cuenta la legitimidad como punto principal de la dominación. En su libro “Economía y sociedad”, Weber habla sobre la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado, para mandatos específicos (o toda clase de mandatos). Se debe de tener un mínimo de voluntad de obediencia o sea de interes en obedecer, sino no hay autoridad hacia esa persona o sea no hay dominio hacia los servidores; esto sólo funciona mediante legitimidad. Proceso en el cual una persona es conforme a un mandato legal, justicia o razón.

La dominación no es utilizada en el ámbito económico pero cuando se trabaja con un grupo grande de personas, se le habla de cuadro administrativo, para tener así la seguridad de un trabajo bien hecho. El cuadro administrativo se puede encontrar ligado a la obediencia del "señor" por sus costumbres, modo afectivo, intereses materiales o motivos ideales. La legitimidad no es puramente ideal, porque una relación de dominación pudo haber surgido a través de un contrato formalmente libre. Los únicos que carecen de esta relación voluntaria son los esclavos.

Según Max Weber, sociólogo alemán, la legitimidad está relacionada con la obediencia y la autoridad. Aquí, alguien asume la posición de mandar y otros presumen que deben de obedecer. El establece que, en la sociedad, existen tres tipos de legitimidad: la tradicional, la carismática y la legal. Para Weber, la legitimidad tradicional se basa en las costumbres y las creencias tradicionales que han existido desde tiempos anteriores. Ella establece una autoridad tradicional como las monarquías. La legitimidad carismática se basa en la opinión de que la persona que asume la posición de mandar tiene alguna cualidad o cualidades que lo hacen diferente a los demás, como un héroe, por lo tanto, lo que ella cree o hace es muy respetado. Esto establece una autoridad carismática como las que existían en las sociedades antiguas que tenían un líder religioso. Y la legitimidad legal – racional la cual se basa en la legalidad de leyes, principios y procedimientos previamente establecidos y aceptados por todos. Esto establece una autoridad racional o legal como la democracia representativa.

Max Weber también estableció, de forma alineada a la legitimidad, tres tipos ideales de dominación: la dominación legal-racional, la dominación tradicional y la dominación carismática. En términos generales, para él, dominación se refiere a la probabilidad de encontrar obediencia a unos mandatos establecidos, válidos, o sea, que tienen legitimidad en una sociedad.


Actividad:

1-Busca en el siguiente link, los tipos de dominación y describí sus características.



2- ¿Qué se entiende por dominación política? Cita ejemplos.

3- ¿Podrías aplicar algún tipo de dominación a la política de hoy en base al pensamiento de Weber? SI-NO. ¿Por qué?





lunes, 4 de mayo de 2015